El llamado de la Montaña
Desde pequeño recuerdo que subíamos al Avila. Primero a Quebrada Chacaito y La Julia. Luego comencé a subir más arriba hasta llegar a su cima más alta: Pico Naiguatá. Han sido largas caminatas donde sabes que no hay regreso hasta coronar la cumbre. Son horas de encuentro con la naturaleza, con amigos y con uno mismo.
En el tiempo, la montaña me ha seguido llamando y en los últimos meses el Gran Cañón y el Cerro Autana han sido las cumbres que he alcanzado. Como siempre, así como la montaña te llama, también te da lecciones así que me permito contarles las etapas que he pasado al subir una montaña:
- Cuando estás ascendiendo te sientes fuerte, capáz. Sabes que es difícil, pero aunque hay momentos de debilidad, te llenas de ímpetu para hacer cumbre. Es el momento de Lucha
- Segundos antes de llegar a la cima, comienza una emoción que dura los pocos pasos que te quedan: te sientes grande, la alegría te embarga y te dá el aliento para vencer el cansancio y llegar con entusiasmo. Es el momento de Euforia
- Todo cambia cuando te detienes y ves desde la cumbre el paisaje a tu alrededor: Te abruma la inmensidad del Cielo y la tierra; te das cuenta que no eres grande, sino una pequeñísima parte del todo. Lo mejor es que la alegría no se desvanece, se queda contigo. Ya no es la del tipo frenética, sino más bien es como la alegría que sienten una pareja de ancianos que han compartido su vida juntos. Diría que es una alegría del tipo apacible, confortable y reconfortante. Es el momento de la Realización
- Comienza el descenso y vas saboreando el camino; redescubres cada paso que hiciste antes. Hay un regocijo especial y la satisfacción de haber hecho cumbre.
Vuelves a casa, hasta el próximo llamado de la montaña

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